Qué conviene tener montado antes de darte de alta como autónomo
La parte fiscal del alta está bien acotada: hay trámites, plazos y alguien que te los lleva. Lo que casi nadie te cuenta es todo lo demás, lo que no aparece en ningún formulario y que, si lo dejas para después, acaba costando bastante más de lo que habría costado resolverlo antes.
No hablo de nada sofisticado. Hablo de un puñado de decisiones que se toman en un fin de semana, que cuestan poco, y que condicionan los dos o tres años siguientes. Van por orden de lo que más duele arreglar tarde.
El nombre, antes de imprimir nada
Elegir el nombre es lo primero que apetece hacer y lo que más gente da por hecho. Antes de encargar tarjetas, rotular una furgoneta o abrir el perfil de Instagram, dedica media hora a comprobar tres cosas.
Que el dominio .com o .es esté libre, o al menos uno razonablemente parecido. Que no haya ya una empresa conocida usando ese nombre en tu sector, aunque sea en otra provincia. Y que el usuario esté disponible en las redes donde vayas a estar.
Si alguna de las tres falla, mejor saberlo ahora. Cambiar de nombre cuando ya tienes clientes, facturas emitidas y rótulo puesto es una de esas cosas que se posponen para siempre, y acabas conviviendo con un nombre que no puedes usar bien en ningún sitio.
Dominio y correo profesional
El dominio cuesta poco al año y es la pieza de la que cuelga todo lo demás. Pero lo importante no es la web: es el correo.
Un correo con tu propio dominio —hola@tunegocio.es— comunica algo que un Gmail gratuito no comunica, y la diferencia se nota justo donde más duele: en el primer contacto con un cliente que todavía no te conoce. En algunos sectores da igual. En otros, un presupuesto que llega desde una dirección genérica se lee distinto que el mismo presupuesto desde un correo propio.
Además tiene una ventaja práctica: el día que crezcas y necesites una segunda dirección, o que alguien te eche una mano, la estructura ya está montada. Empezar con el correo personal y migrarlo luego significa avisar uno por uno a todos tus contactos.
Una web mínima, pero desde el primer día
Aquí es donde más gente se bloquea, y casi siempre por el mismo motivo: se plantea la web perfecta en lugar de la web que sirve.
Para empezar no hace falta más que una página que diga qué haces, para quién, dónde trabajas y cómo contactarte. Con eso ya puedes mandar un enlace cuando alguien te pregunte, aparecer en Google cuando busquen tu nombre, y tener algo que enseñar cuando te recomienden.
La web grande ya la harás cuando sepas qué servicios funcionan y cuáles no, que es información que ahora mismo no tienes. Lo que no conviene es pasar los seis primeros meses sin nada, mandando a la gente a un perfil de redes que no controlas.
Si vas a contratar a alguien para que te la haga, compara antes de decidir: los precios y los plazos varían mucho entre un freelance, una agencia pequeña y una plataforma de autogestión. En medios como Tiempo de Negocios hay comparativas de proveedores y herramientas que ayudan a hacerse una idea del mercado antes de pedir presupuestos a ciegas.
La ficha de Google, que a veces pesa más que la web
Si tu negocio tiene una dirección física, o si trabajas en una zona concreta, la ficha de Google Business Profile puede ser un canal relevante para captar contactos locales. Los resultados dependen de la actividad y la competencia. Es gratuita, se tarda un rato en crearla y la verificación puede llevar unos días, así que conviene empezarla pronto.
Tres cosas marcan la diferencia en esa ficha: que la categoría del negocio esté bien elegida, que las fotos sean tuyas y no de banco de imágenes, y que pidas reseñas desde el primer cliente. Lo tercero es lo que más cuesta y lo que más rinde. Las reseñas auténticas ayudan al cliente a valorar el negocio; no garantizan un volumen concreto de contactos.
Y un detalle que luego da guerra: el nombre, la dirección y el teléfono tienen que aparecer escritos exactamente igual en la ficha, en la web y en cualquier directorio donde te des de alta. Si en un sitio pone «Calle» y en otro «C/», no pasa nada grave, pero cuanto más coherente, mejor.
Dónde van a vivir tus documentos
El primer año se generan muchos más papeles de los que uno espera: presupuestos, contratos, facturas, justificantes, fotos de trabajos, presentaciones. Si no decides antes dónde van, acaban repartidos entre el escritorio del ordenador, la carpeta de descargas, el móvil y el correo.
No hace falta un sistema complicado. Hace falta una sola carpeta en la nube, con subcarpetas por tipo de documento, y la costumbre de guardar ahí todo desde el primer día. Y una regla para nombrar los archivos que incluya la fecha al principio, para que se ordenen solos.
Esto no parece importante hasta que necesitas encontrar el presupuesto que le pasaste a un cliente hace ocho meses, o hasta que se te muere el portátil. Lo segundo pasa más de lo que parece.
Saber de dónde vienen los clientes, desde el día uno
Este es el que más se descuida y el único que no se puede recuperar hacia atrás.
Al cabo de un año vas a querer saber qué funcionó: si los clientes llegaron por recomendación, por la ficha de Google, por redes o porque te buscaron directamente. Esa información no se reconstruye después. O la anotas desde el principio, o no la tienes.
Y no hace falta nada técnico. Basta con preguntarle a cada cliente nuevo cómo te ha encontrado y apuntarlo en la misma hoja donde llevas los trabajos. Tres meses de esa costumbre te dicen dónde merece la pena invertir tiempo y dónde no, que es exactamente la decisión que vas a tener que tomar cuando el negocio empiece a pedirte más de lo que puedes dar.
Si además instalas una herramienta de medición en la web desde el principio, mejor. Pero si eliges una sola cosa de esta lista, elige la pregunta.
En resumen
Nada de lo anterior es caro ni complicado. El nombre comprobado, el dominio y el correo, una página que funcione, la ficha de Google con sus primeras reseñas, una carpeta donde vivan los documentos y la costumbre de apuntar de dónde viene cada cliente.
Es trabajo de un fin de semana. Hecho después, cuando ya estás facturando y no tienes tiempo, cuesta el triple y nunca encuentras el momento. Por eso conviene dejarlo resuelto antes de que empiece lo otro.
Artículo escrito por Tiempo de Negocios.